Sé que existe la magia cuando apagas la luz y subes el volumen de la música.
“That Home” de The Cinematic Orchestra invade la habitación. Y no puedo evitar llorar. Lloro de felicidad.
Lloro porque hay algunos momentos que están más cargados de vida que todo lo demás. Momentos como ese. Y no sé qué hacer, qué decir, el por qué no podríamos quedarnos allí para siempre.
Es triste y bonito, como un atardecer; como la vida, triste y bonita.
Cierro los ojos, hay algo dentro de mí, un algo, y me convalezco de que todo irá bien. Sé que todo irá bien…
Te cojo de la mano, lo necesito, a lo mejor para saber que sigues ahí y que no estoy en un sueño.
“Nadie me creerá cuando les hable de esto”, te digo.
“¿De qué?”, preguntas.
Y no te respondo, creo que sabes perfectamente de qué hablo. Sonrío. Y aunque está demasiado oscuro y apenas puedo verte la cara, sé que tú también sonríes. Y nos quedamos así un rato. Un buen rato. La música continua sonando y la vida sigue, y tampoco está tan mal.
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